Guerra y Paz
Guerra y Paz En Brünn, el prÃncipe Andréi se hospedó en casa de un conocido, el diplomático ruso Bilibin.
—¡Mi querido prÃncipe! No podrÃa tener huésped más grato— dijo Bilibin saliendo al encuentro del prÃncipe Andréi. —Franz, lleva el equipaje del prÃncipe a mi habitación— ordenó al criado que acompañaba a Bolkonski. —¿Viene de mensajero de la victoria, eh? MagnÃfico. Pues yo, como ve, estoy enfermo.
Una vez que se hubo lavado y cambiado de traje, el prÃncipe Andréi entró en el lujoso despacho del diplomático y se sentó ante la cena, que ya estaba servida. Bilibin ocupó tranquilamente un puesto ante la chimenea.
El prÃncipe Andréi, privado después del viaje y, sobre todo, después de la campaña del mÃnimo elemento de comodidad e higiene, experimentó una grata sensación de bienestar en aquel lujo, al que estaba acostumbrado desde su infancia; además, le era grato, tras la acogida de los austrÃacos, charlar un rato, aun cuando no fuera en ruso (pues hablaban en francés), con un compatriota que —al menos asà se lo imaginaba— debÃa de participar de la aversión general de los rusos hacia los austrÃacos, sentimiento que en el prÃncipe ahora era más vivo que nunca.