Guerra y Paz
Guerra y Paz Pero todavÃa no habÃa concluido cuando ya se dio cuenta de que su broma no caÃa bien y que nada tenÃa de graciosa. Entonces se aturdió del todo.
—Tenga la bondad de retirarse— dijo el oficial de Estado Mayor, tratando de conservar su seriedad.
El prÃncipe Andréi miró una vez más al pequeño artillero. HabÃa en él algo especial, muy poco militar y un tanto cómico, pero sumamente atractivo.
El oficial de Estado Mayor y el prÃncipe Andréi volvieron a montar y se alejaron.
A la salida de la aldea, después de cruzarse con soldados y oficiales de diversas armas, vieron a la izquierda las fortificaciones que se estaban abriendo en un terreno de arcilla rojiza: los soldados de algunos batallones, en mangas de camisa, a pesar del viento frÃo, trajinaban como blancas hormigas; por detrás del terraplén, manos invisibles arrojaban sin descanso paletadas de tierra rojiza. Se acercaron a la fortificación, la inspeccionaron y siguieron adelante. Detrás de ella dieron con algunas docenas de soldados que se turnaban sin descanso y bajaban corriendo. Hubieron de taparse la nariz y poner al trote los caballos para escapar lo antes posible de aquella atmósfera pestilente.
—Voilà l'agrément des camps, monsieur le prince— dijo el oficial de servicio.[184]