Guerra y Paz
Guerra y Paz Se separaron y, excepto Anatole, que se durmió en seguida, todos tardaron en conciliar el sueño aquella noche.
“¿Será posible que sea mi marido ese hombre desconocido, guapo y bueno? Sí, bueno, eso es lo principal”, pensaba la princesa María; y se adueñó de ella un miedo como muy raras veces había sentido. Tenía miedo de volver la cabeza; le parecía que había alguien detrás del biombo, en el rincón oscuro. Y ese alguien era él, el diablo, y él, ese hombre de frente blanca, cejas negras y labios sonrosados.
Llamó a la doncella y le pidió que durmiera en su habitación.
Aquella noche mademoiselle Bourienne paseó durante mucho tiempo en el invernadero, esperando en vano a alguien, unas veces sonriendo, otras conmovida hasta las lágrimas por las imaginarias palabras de la “pauvre mere” que le reprochaba su caída.
