Guerra y Paz
Guerra y Paz La pequeña princesa regañaba a la doncella porque no había preparado bien su lecho. No podía acostarse ni de espaldas ni de costado; en cualquier posición que tomara sentía una fastidiosa pesadez. Le molestaba el vientre. Todo le molestaba ahora más que nunca, porque la presencia de Anatole la transportaba a los días en que no estaba embarazada y todo era fácil y agradable. Estaba sentada en un sillón, con una simple chambra y su cofia de dormir; Katia, medio dormida, con la trenza suelta, sacudía y revolvía por tercera vez el pesado colchón de plumas, murmurando algo.
—Ya te decía que todo está lleno de bultos y hoyos— repetía Lisa. —Tengo sueño y no puedo dormir; no es culpa mía…— y su voz temblaba como la de un niño a punto de llorar.
Tampoco el viejo príncipe dormía. Tijón lo oía caminar y resoplar encolerizado. El príncipe se sentía ofendido no por él, sino por su hija; y era una ofensa más dolorosa porque no se trataba de él mismo, sino de la hija, a la que amaba más que a sí mismo. Se repetía que tendría que repasar todo aquel asunto y decidir lo que conviniera y fuera justo, pero no lo conseguía y se irritaba cada vez más.