Guerra y Paz
Guerra y Paz “Al primero que se presenta se olvida de su padre y de todo. Corre, cambia de peinado, coquetea, parece otra. ¡Está contenta con dejar a su padre! Y sabía que yo me iba a dar cuenta. ¡Fr…, fr…, fr…! ¿No ve que aquel imbécil no mira más que a la Bourienne? (A ésta hay que echarla.) ¿Cómo puede tener tan poco orgullo para no comprenderlo? Si no lo hace por sí misma, al menos que lo haga por mí. Hay que hacerle ver que ese idiota ni siquiera piensa en ella, sino en la Bourienne. No tiene orgullo, pero yo le abriré los ojos…”
El viejo príncipe se daba cuenta de que, diciendo a su hija que estaba en un engaño y que Anatole no tenía otra intención que cortejar a la Bourienne, despertaría el amor propio de la princesa María, y su propia causa (el deseo de no separarse de su hija) vencería por fin. Se quedó tranquilo con este pensamiento; llamó a Tijón y empezó a desvestirse.
“El diablo los ha traído —pensaba, mientras Tijón cubría con el camisón su cuerpo senil y escuálido, lleno de vello gris en el pecho—. Yo no los he llamado. Vienen a turbar mi vida y no me queda mucha.”
—¡Al diablo!— exclamó mientras el camisón le cubría la cabeza.