Guerra y Paz
Guerra y Paz Hacía tiempo que la familia Rostov carecía de noticias de Nikolái. Sólo hacia la mitad del invierno llegó una carta, en cuyo sobre reconoció el conde la letra de su hijo. Con la carta en la mano, asustado, el conde corrió de puntillas a su despacho, y allí se encerró para leerla a solas. Anna Mijáilovna, enterada de la llegada de una carta (sabía todo cuanto sucedía en la casa), entró silenciosamente en el despacho del conde y se lo encontró con la carta en las manos, llorando y riendo.
Aunque sus asuntos estaban ya en orden, Anna Mijáilovna seguía viviendo con los Rostov.
—Mon bon ami?— preguntó tristemente, siempre dispuesta a compartirlo todo.
El conde sollozó con más fuerza.
—Nikóleñka… Una carta… herido, ma chère… ¡ha sido herido! mi pequeño… la condesa… ha sido promovido a oficial… ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo se lo diré a la condesa?
Anna Mijáilovna tomó asiento a su lado y con el pañuelo enjugó las lágrimas del conde, la carta humedecida y las propias lágrimas; leyó la carta, tranquilizó al conde y aseguró que antes del almuerzo y la hora del té habría preparado a la condesa, y que después del té se lo contaría todo, con la ayuda de Dios.
