Guerra y Paz

Guerra y Paz

—¡Muchachos!— gritó Milorádovich con su voz fuerte y alegre, excitado al máximo por el eco de las descargas de fusilería, la perspectiva de la batalla y la marcialidad de los hombres del regimiento de Apsheron, compañeros suyos desde los tiempos de Snvórov, que tan gallardamente desfilaron ante los Emperadores que olvido su presencia. —¡Muchachos! No es la primera aldea que conquistáis.

—¡Hurra!— gritaron los soldados.

El caballo del Emperador dio un respingo, alarmado por el brusco clamor. Era el mismo caballo de las paradas militares en Rusia; y ahora, en el campo de Austerlitz, llevaba a su señor y recibía los distraídos taconazos del pie izquierdo del Soberano; enderezaba las orejas a los tiros, como en el Campo de Marte, sin comprender ni el significado de los disparos, ni la vecindad del negro potro del emperador Francisco ni nada de cuanto decía, pensaba o sentía su jinete en aquel día extraordinario.

El Emperador se volvió sonriendo a uno de sus cortesanos, les indicó a los bravos hombres del regimiento de Apsheron y le dijo alguna cosa en voz baja.


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