Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Todos bien, a Dios gracias. Acaban de cenar. Deje que lo mire, Excelencia.

—¿Entonces todo marcha del todo bien?

—¡Sí, sí! ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!

Rostov se había olvidado completamente de Denísov y, sin permitir que nadie lo anunciara, se quitó el abrigo de piel y caminando de puntillas corrió hacia la gran sala oscura. Todo estaba igual; las mismas mesas de juego y la misma gran lucerna enfundada. Pero alguien lo había visto ya, porque apenas penetró en la sala algo así como un huracán le salió al encuentro desde una puerta lateral y lo abrazó y besó. Otra persona y otra más corrieron hacia él, llenándolo de abrazos, gritos, besos y lágrimas de alegría. No podía distinguir quién era el padre, quién Natasha, quién Petia. Todos gritaban, hablaban y lo besaban a la vez. Sólo faltaba la madre, y él se dio cuenta de ello.

—¡Y yo no sabía… Nikóleñka!, querido…

—Aquí lo tenemos ya… nuestro Nikóleñka… ¡Cómo ha cambiado! Encended más luces, que traigan té.

—¡Pero bésame también a mí!

—Querido… Y yo…

Sonia, Natasha, Petia, Anna Mijáilovna, Vera, el viejo conde, lo abrazaban a porfía. Los criados y sirvientes habían acudido todos y llenaban la casa de exclamaciones.


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