Guerra y Paz
Guerra y Paz —Dieu, quelle virulente sortie!—[2] exclamó sin inmutarse por semejante acogida el príncipe, que entraba con su recamado uniforme de Corte, sus calzas de seda y zapatos de hebilla, lleno el pecho de condecoraciones y con una apacible expresión en el achatado rostro.
Era el suyo un francés selecto, como aquel que nuestros abuelos no sólo hablaban, sino que usaban también para pensar, dicho con esa entonación dulce, protectora, propia de un hombre importante, envejecido en la alta sociedad y en la Corte. Se acercó a Anna Pávlovna, le besó la mano, inclinando su perfumado y brillante cráneo, y tranquilamente tomó asiento en el diván.
—Avant tout, dites-moi comment vous allez, chère amie.[3] Tranquilice a un amigo— dijo sin alterar la voz y con un tono en el que, tras la conveniencia y simpatía, apuntaba una indiferencia casi irónica.
—No se puede estar bien cuando se sufre moralmente— respondió Anna Pávlovna. —¿Se puede estar tranquila en nuestros tiempos, si se tiene corazón? Espero que se quede conmigo toda la velada, ¿verdad?
—¿Y la fiesta del embajador de Inglaterra? Hoy es miércoles y tendré que dejarme ver. Mi hija vendrá a buscarme.
—Creí que esa fiesta se anularía. Je vous avoue que toutes ces fêtes et tous ces feux d’artifice commencent à devenir insipides.[4]
