Guerra y Paz

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La predicción de Natasha se cumplió. Dólojov, a quien no gustaba la compañía femenina, comenzó a frecuentar la casa de los Rostov, y la pregunta de por quién iba quedó pronto resuelta, aun cuando nadie hablara de ello. Iba por Sonia. Y Sonia lo sabía, aunque no se atreviera a decirlo; siempre que llegaba Dólojov se ponía roja como una amapola.

Dólojov comía frecuentemente con los Rostov; acudía a todos los espectáculos donde ellos iban y asistía a los bailes de adolescentes de Joguel, a los que no faltaban nunca los Rostov. Mostraba una especial atención por Sonia y la miraba de tal manera que no sólo ella era incapaz de sostener esa mirada sin ruborizarse, sino que también la vieja condesa y Natasha enrojecían al verla.

Era evidente que ese hombre fuerte y extraño se hallaba bajo la invencible fascinación de aquella muchacha morena y graciosa, que amaba a otro.

Rostov advertía algo nuevo entre Dólojov y Sonia, pero no llegaba a definir cómo eran esas nuevas relaciones. “Todos allí andan enamorados de alguien”, pensaba de Natasha y Sonia; no se sentía tan a sus anchas, como antes, con Sonia y Dólojov, por lo que rara vez se quedaba en casa.


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