La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich En esa época de su vida tuvo una relación con una señora que se había encaprichado del atildado jurista; hubo también una modista, así como francachelas con los ayudantes de campo que estaban de paso en la ciudad y visitas a cierta calle apartada después de la cena; también prodigó adulaciones a su jefe y a su esposa, pero todos sus actos llevaban impreso un tono de tan elevada probidad que no era posible referirse a ellos con palabras malsonantes. Un comportamiento, en fin, que se correspondía de lleno con el espíritu de la máxima francesa: Il faut que jeunesse se passe. Todo se hacía con las manos limpias, con camisas impecables, hablando en francés y, sobre todo, en la más alta sociedad y, por tanto, con la aprobación de las personas más encumbradas.
Así pasaron los primeros cinco años de servicio de Iván Ilich. Entonces se produjo un cambio en la administración: se introdujeron procedimientos judiciales novedosos y surgió la necesidad de contar con hombres nuevos. Iván Ilich fue uno de ellos. Le propusieron ocupar una plaza de juez instructor, e Iván Ilich aceptó, aunque tendría que desplazarse a otra provincia, renunciar a las relaciones ya establecidas y crearse otras nuevas. Los amigos le organizaron una ceremonia de despedida, tomaron una fotografía de grupo, le ofrecieron una petaca de plata, e Iván Ilich partió a su nuevo destino.
