La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Praskovia Fiódorovna había empezado ya a decir, y no sin motivo, que su marido tenía un carácter insoportable. Con su tendencia natural a las exageraciones afirmaba que siempre había sido así, que había necesitado hacer acopio de toda su bondad para soportarlo a lo largo de esos veinte años. En verdad, era él quien iniciaba ahora las disputas. Empezaba a rezongar cuando se sentaban a la mesa, por lo común en el momento en que echaba mano de la cuchara para tomar la sopa. Tan pronto notaba una desconchadura en una pieza de la vajilla, como se quejaba de que la comida no estaba a la altura o reñía a su hijo por poner los codos en la mesa o criticaba el peinado de su hija. Y de todo echaba las culpas a Praskovia Fiódorovna. Esta al principio le replicaba y le decía cosas desagradables, pero en un par de ocasiones, nada más sentarse a la mesa, Iván Ilich había sufrido tal arrebato de ira que la mujer comprendió que se trataba de un estado enfermizo causado por la ingestión de los alimentos, y se resignó. Ya no le contradecía y se limitaba a terminar de comer lo más pronto posible. Atribuía un gran mérito a esa resignación. Tras llegar a la conclusión de que su marido tenía un carácter insoportable y de que la había hecho desgraciada, empezó a sentir compasión de sí misma. Y cuanto más se compadecía, más odiaba a su marido. Llegó casi al extremo de desear su muerte, pero siempre con la boca pequeña, porque sabía que en tal caso se quedaría sin sueldo. Esa circunstancia exacerbaba aún más su irritación. Consideraba que su infortunio no podía ser mayor, porque ni siquiera esa muerte habría podido salvarla, y se enfurecía, pero nunca daba rienda suelta a esa furia, sino que se la guardaba en su interior, y esa ocultación no hacía más que reforzar la ira de su marido.