La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich —Siempre el mismo horror. El dolor no desaparece, no remite. ¡Si se pudiera hacer algo!
—Ustedes, los enfermos, siempre están con lo mismo. Bueno, creo que ahora ya he entrado en calor. Ni siquiera Praskovia Fiódorovna, con lo meticulosa que es, podrÃa hacerle ningún reproche a mi temperatura. Ya puedo darle los buenos dÃas —y el médico le estrecha la mano.
Entonces, dejando ya a un lado las bromas, el médico empieza a examinar al enfermo con aire serio, le toma el pulso, le mide la temperatura, y a continuación pasa a los golpecitos y la auscultación.
Iván Ilich está firmemente convencido de que todo eso es una tonterÃa, un burdo engaño, pero cuando el médico, puesto de rodillas, se estira por encima de él, aplica la oreja, ya más arriba, ya más abajo, y, con expresión muy concentrada, ejecuta varios movimientos gimnásticos, Iván Ilich se presta a la representación como se prestaba antes a los alegatos de los abogados, aunque sabÃa perfectamente que todos mentÃan y por qué lo hacÃan.
El médico, arrodillado a un lado del sofá, sigue ocupado con sus golpecitos, cuando de pronto se oye en el umbral el susurro del vestido de seda de Praskovia Fiódorovna, que está reprochándole a Piotr que no la haya informado de la llegada del médico.