Resurrección

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Durante aquel año, su vida en la finca de sus tías discurría de la siguiente manera: se levantaba muy temprano, a veces a las tres de la madrugada y, antes de que saliera el sol, iba a bañarse al río que estaba junto al monte; a veces regresaba a casa con el crepúsculo matutino, cuando el rocío permanecía aún sobre la hierba y las flores. Otras veces, por la mañana, después de desayunar, comenzaba a trabajar en su tesis o a leer, para sacar datos con destino a su trabajo; pero a menudo, en vez de leer y escribir, se marchaba de la casa y deambulaba por los campos y bosques. Antes de comer solía dormirse en algún rincón del jardín; luego, durante la comida, divertía y hacía reír a sus tías con su buen humor. Más tarde montaba a caballo o paseaba en barca. Por la noche leía otra vez o se sentaba con sus tías a hacer solitarios. Con frecuencia, sobre todo en las noches de luna, no podía conciliar el sueño porque experimentaba una alegría de vivir demasiado grande y turbadora. Y en lugar de dormir paseaba por el jardín con sus sueños e ideas, a veces hasta el amanecer.

Así, feliz y tranquilo, pasó el primer mes en casa de sus tías, sin hacer ningún caso de aquella muchacha, medio criada medio señorita, de ojos negros, la Katiusha de los pies alados.



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