Resurrección
Resurrección En aquella época, Nejliúdov, educado junto a las faldas de su madre, era un muchacho de diecinueve años completamente inocente. Soñaba con la mujer sólo para esposa. Todas las mujeres que, según su opinión, no podían convertirse en su esposa, no eran mujeres, sino gentes. Pero durante ese verano, el día de la Ascensión, visitó a las tías una vecina con sus hijos: dos señoritas, un colegial y un joven pintor de origen campesino, que pasaba una temporada con ellos.
Después del té los jóvenes fueron a jugar a las cuatro esquinas, en un prado delante de la casa. Se llevaron también a Katiusha. Después de unos cuantos cambios, a Nejliúdov le correspondió correr con Katiusha, pero nunca se le había ocurrido que entre ellos pudiesen existir relaciones extraordinarias.
—A ésos no hay quien los alcance —exclamaba el alegre pintor, que corría veloz sobre sus cortas, torcidas, pero fuertes piernas de campesino—, como no tropiecen.
—¡No nos pillará!
—¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!
Dieron tres palmadas. Apenas conteniendo la risa, Katiusha se cambió rápidamente de sitio con Nejliúdov y, apretando con su pequeña, fuerte y áspera mano la manaza de Nejliúdov, echó a correr hacia la izquierda haciendo crujir su falda almidonada.