Resurrección
Resurrección Nejliúdov corría deprisa y, no queriendo dejarse coger por el pintor, se lanzó a toda velocidad. Al volverse vio que el pintor perseguía a Katiusha, pero la muchacha, con rapidez, moviendo sus elásticas y jóvenes piernas, no se dejaba atrapar y se alejaba a la izquierda. Había delante un arbusto de lilas, detrás del cual nadie corría, pero Katiusha, volviéndose, hizo una señal con la cabeza a Nejliúdov para encontrarse en ese lugar. La comprendió y corrió tras el arbusto. Pero allí había un foso cubierto de ortigas, cuya existencia ignoraba. Tropezó y cayó, pinchándose las manos y mojándose con el rocío del atardecer. Inmediatamente logró incorporarse y, riéndose de sí mismo, se puso en un sitio seco.
Katiusha, con una sonrisa resplandeciente y un brillo particular en sus ojos negros como el azabache, corrió a su encuentro. Al encontrarse, se estrecharon la mano.
—Sin duda, se ha pinchado —dijo, arreglándose con la mano libre la trenza, respirando fatigosamente y sonriendo, mientras le miraba de arriba abajo.
—No sabía que hubiera aquí un foso —comentó él, sonriendo también, y sin soltarle la mano.
Katiusha se acercó, y él, sin saber cómo, le acercó la cara; ella no se separó, él le apretó la mano con más fuerza y la besó en los labios.