Resurrección

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—¡Vaya! ¡Vaya! —dijo la muchacha, y con un movimiento rápido retiró su mano, y se apartó corriendo.

Se acercó al arbusto de lilas, arrancó dos ramas blancas ya cubiertas de rocío, y después de golpearse con ellas las mejillas arreboladas y de mirar a Nejliúdov, moviendo ante sí con vivacidad los brazos, se fue hacia donde estaban los jugadores.

A partir de entonces las relaciones entre Nejliúdov y Katiusha cambiaron y se convirtieron en aquellas extraordinarias que se establecen entre un joven y una muchacha inocente, que sienten una atracción recíproca.

En cuanto Katiusha entraba en la habitación o incluso Nejliúdov veía desde lejos su delantal blanco, todo parecía iluminarse por el sol, y se convertía en más interesante, alegre, significativo. La vida misma parecía más alegre. Ella experimentaba la misma sensación. Pero no sólo la presencia y la cercanía de Katiusha producían esa impresión a Nejliúdov, sino la sola idea de que existía esa Katiusha, y para la muchacha el que existiera Nejliúdov. Si Nejliúdov recibía una carta desagradable de su madre, o se atascaba en la tesis o sentía la tristeza injustificada de los jóvenes, sólo con recordar que existía Katiusha y que la iba a ver, las penas se desvanecían.


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