Resurrección

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Todo sucedía de la misma forma que cuando Nejliúdov alcanzó la mayoría de edad, y entregó a los campesinos la pequeña finca que había heredado de su padre —porque consideraba injusta la propiedad sobre las tierras—, horrorizando a su madre y parientes, y constituyendo un continuo motivo de reproche y burlas por parte de éstos. No se cansaban de contarle que los campesinos —a quienes regaló las tierras— no sólo no se enriquecieron, sino que se habían empobrecido, porque dejaron de trabajar para abrir tres tabernas en el pueblo. Cuando Nejliúdov ingresó en el regimiento de la Guardia, gastó y se jugó con sus compañeros tanto dinero, que Elena Ivánovna tuvo que coger parte del capital; pero apenas se disgustó considerando natural y hasta necesario que el bautismo del juego prendiera en la juventud y en la buena sociedad.

Al principio, Nejliúdov había luchado y la lucha resultaba demasiado difícil. Todo lo que apreciaba como bueno creyendo en sí mismo, se consideraba malo por los demás, y, por el contrario, todo lo que veía malo entonces, era aceptado como bueno por cuantos le rodeaban. Por último, Nejliúdov cedió, dejó de creer en sí mismo y creyó en los demás. Al principio, aquella renuncia le resultaba desagradable, pero duró poco; pronto Nejliúdov empezó a fumar y a beber vino, dejó de experimentar esa sensación desagradable y llegó a experimentar un gran alivio.


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