Resurrección
Resurrección Nada más quitarse la ropa mojada y empezar a vestirse, Nejliúdov oyó unos pasos rápidos y llamaron a la puerta. Reconoció los pasos y la manera de llamar. Sólo ella andaba y llamaba así.
Se echó sobre los hombros la capa mojada, y se acercó a la puerta.
—¡Entre!
Era ella, Katiusha. Seguía siendo la misma, todavía más bonita que antes. Sus ojos risueños, ingenuos, negros y ligeramente bizcos, miraban de arriba abajo, lo mismo que antes. Como entonces, también ahora llevaba un delantal blanco, muy limpio. Traía de parte de las tías jabón de tocador —recién desenvuelto— y dos toallas: una de confección rusa y otra de felpa. La pastilla de jabón intacta, con la huella de las letras, las toallas y la propia Katiusha, todo estaba igual de fresco, limpio, agradable. Sus bonitos labios, rojos y duros, se plegaban como entonces en su presencia, por una alegría incontenible.
—¡Bienvenido, Dimitri Ivánovich! —pronunció con dificultad; y su rostro se llenó de rubor.
—Hola…, hola… —no sabía si hablarle de tú o de usted, y enrojeció lo mismo que ella—. ¿Qué tal? ¿Está bien de salud?
—A Dios gracias… Su tía le manda este jabón de rosas, su preferido —dijo colocando la pastilla sobre la mesa, y las toallas en los brazos del sillón.