Resurrección
Resurrección Nejliúdov asistió a la ceremonia en unión de sus tías y criados, lanzando sin cesar miradas a Katiusha, que estaba en la puerta y sostenía el incensario. Cambió los tres besos tradicionales con el pope y sus tías, y ya quería irse a dormir cuando oyó en el pasillo la charla de Matriona Pávlovna, la vieja doncella, María Ivánovna y Katiusha, que se preparaban para ir a la iglesia a bendecir los bizcochos y el pastel de Pascua. «Yo también iré», pensó.
El camino hasta la iglesia no estaba en condiciones para ir en coche ni en trineo. Por eso Nejliúdov, disponiendo como si estuviera en su propia casa, mandó que le ensillaran el caballo y, en vez de irse a dormir, se puso un vistoso uniforme, con pantalón de montar ceñido, se echó encima la capa y cabalgó sobre el viejo animal, algo pesado y demasiado gordo, que relinchaba al pisar la nieve en la oscuridad, camino de la iglesia.