Resurrección

Resurrección

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En el amor entre un hombre y una mujer existe siempre un momento, cuando éste llega a su cenit, en que no hay nada consciente, razonado ni sensual. Este momento fue para Nejliúdov aquella noche, víspera del Domingo de Resurrección. Cuando ahora pensaba en Katiusha con todas las circunstancias en que la había visto, aquel momento eclipsaba todas las demás. Recordaba aquella cabeza de cabellos negros, brillantes y lisos, aquel vestido blanco de jaretitas, que le ceñía el talle esbelto y el busto apenas formado, y los colores de sus mejillas, y los ojos dulces —un poco bizcos aquella noche a causa del insomnio—, brillantes, y en todo su ser dos rasgos esenciales: la pureza virginal y el amor, no sólo hacia él —esto lo sabía—, sino hacia todos los seres y hacia todo. No sólo hacia lo bueno que existe en el mundo, sino también hacia aquel mendigo que había besado.

Sabía que en ella existía ese amor, porque en aquella noche y en aquella mañana también sentía dentro de sí ese amor y comprendía que en ese sentimiento se fundían los dos en uno.

¡Ay, si todo se hubiera detenido en el sentimiento de aquella noche! «¡Sí, todo ese horroroso asunto sucedió después de esa noche, víspera de Pascua!», pensaba ahora, sentado junto a la ventana en la habitación de los jurados.


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