Resurrección

Resurrección

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El deseo le dominaba por completo. Golpeó la ventana. Se le estremeció todo el cuerpo como una sacudida eléctrica, y el temor se dibujó en su rostro. Después dio un salto, se acercó a la ventana y pegó la cara al cristal. La expresión de horror no abandonó su rostro cuando, colocando ambas palmas en las sienes —para ver mejor— le reconoció. Su cara estaba extraordinariamente seria, él no la había visto nunca así. Sólo sonrió cuando le vio sonreír a él, pero era únicamente como sometimiento; en su alma no había una sola sonrisa, sino pánico. Nejliúdov le hizo una señal con la mano, llamándola para que se reuniera con él en el patio. Pero ella movió la cabeza negativamente, y continuó junto a la ventana. Él acercó de nuevo la cara al cristal y quiso gritarle que saliera, pero en aquel momento se volvió hacia la puerta; por lo visto la había llamado alguien. Nejliúdov se apartó de la ventana. La niebla era tan densa que, retirándose a cuatro pasos de la casa, no se veía las ventanas, solamente se divisaba una masa negra en la cual se destacaba la luz roja de la lámpara, que parecía enorme. En el río continuaba aquel extraño rumor, crujido, resquebrajamiento y sonido producidos por el hielo. A lo lejos, en el fondo de la niebla, en el patio, cantó un gallo, respondieron de cerca otros, y desde lejos, desde la aldea, se oyeron otros interrumpiéndose hasta fundirse en un solo grito. Todo alrededor, salvo el río, estaba completamente silencioso. Ya los gallos cantaban por segunda vez.


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