Resurrección
Resurrección Pasó un par de veces abajo y arriba hasta la esquina de la casa, y pisó algunos charcos. De nuevo Nejliúdov se acercó a la ventana de las criadas. La lámpara continuaba todavía encendida y Katiusha estaba otra vez sola, sentada junto a la mesa, como indecisa. Tan pronto como se acercó a la ventana, se volvió para mirarle. Golpeó el cristal. Sin mirar quién había llamado, salió corriendo inmediatamente de la habitación y Nejliúdov oyó cómo se despegaba y crujía la puerta de salida. Ya la esperaba en el porche y —sin pronunciar palabra— la abrazó. Se apretó contra él, levantó la cabeza y con los labios recibió su beso. Permanecían al lado del porche, en un lugar llano y seco, y Nejliúdov se encontraba repleto de un deseo torturante e insatisfecho. De pronto, la puerta volvió a despegarse de la misma forma y se oyó un chirrido, mientras se oía la voz enfadada de Matriona Pávlovna:
—¡Katiusha!
Se desasió, y volvió a la habitación de las criadas. Oyó el portazo y el cerrojo. Después, todo quedó en silencio. Desapareció el ojo encarnado de la ventana, sólo quedaba la niebla y el rumor sobre el río.