Resurrección

Resurrección

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Nejliúdov se acercó a la ventana, no se veía a nadie. Dio unos golpecitos, pero nadie le respondió. Volvió a la casa por la puerta principal, pero no pudo dormirse. Se quitó las botas y, descalzo, fue por el pasillo hacia la puerta de Katiusha, que estaba junto a la habitación de Matriona Pávlovna. Primero oyó cómo roncaba tranquilamente Matriona Pávlovna, y cuando estaba dispuesto a entrar, la mujer tosió, se dio la vuelta e hizo crujir la cama. Se quedó petrificado, y permaneció así unos cinco minutos. Cuando todo volvió a quedar en silencio y se escuchó otra vez el roncar tranquilo —tratando de pisar las tablas que no crujían—, fue más lejos, y se acercó hasta la puerta de la muchacha. No se oía nada. Ella por lo visto no dormía, porque no se oía su respiración. Pero tan pronto como él susurró: «Katiusha», de un brinco se acercó a la puerta y, enfadada, según le pareció, se puso a rogarle que se marchara.

—Pero ¿qué es eso? ¿Se puede, acaso…? Nos van a oír las tías —decía con los labios, pero todo su ser exclamaba: «Soy toda tuya».

Y sólo esto era lo que entendía Nejliúdov.

—Bueno, abre un momentito. Te lo ruego —decía palabras sin sentido.

Ella guardó silencio, luego Nejliúdov oyó el roce de la mano buscando el pestillo, y entró por la puerta abierta.


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