Resurrección

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Del mismo modo, en la oficina de la prisión provincial no se consideraba sagrado ni importante que hubiese concedido a los hombres y animales la alegría y esplendor de la primavera; lo sagrado e importante era que la víspera se había recibido la orden de que a las nueve de la mañana del día 28 de abril fueran llevados al Palacio de Justicia tres de los encarcelados: dos mujeres y un hombre. Una de las mujeres, por ser el criminal más importante, debía ser trasladada aparte. Por tanto, obedeciendo esa orden, el 28 de abril, a las ocho de la mañana, el jefe de los carceleros entró en el oscuro y maloliente corredor del departamento de mujeres. Detrás de él iba una mujer de cara extenuada y cabellos grises rizados. Vestía blusa de manga larga, llevaba galones y cinturón de ribete azul. Era la carcelera.

—¿Viene por la Máslova? —preguntó, acercándose con el guardián de turno a una de las puertas que daban al corredor.

El carcelero hizo chirriar los hierros, quitó el candado y, abriendo la puerta —por la que salió una masa de aire todavía más hediondo que el del corredor—, gritó:

—¡Máslova, al Tribunal! —y otra vez entornó la puerta, esperando a que saliera.


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