Resurrección

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El juez bondadoso no contestó enseguida, se fijó en el número que llevaba el papel que tenía delante y sumó las cifras; no eran divisibles por tres. Había pensado que si resultaba divisible daría su conformidad, pero aunque no lo era, accedió por su naturaleza bondadosa.

—A mí también me parece que debemos aplicarlo.

—¿Y a usted? —interrogó el presidente al juez severo.

—De ninguna forma —respondió con decisión—. Ya sin eso, la prensa no hace más que decir que los jurados absuelven a los criminales; qué dirán si los absuelve el Tribunal. No estoy de acuerdo en ningún caso.

El presidente miró el reloj.

—Es una lástima, pero ¡qué le vamos a hacer! —y entregó el papel con las preguntas al presidente del jurado, para su lectura.

Todos se levantaron. El presidente, apoyándose tan pronto en un pie como en otro, carraspeó, y leyó las preguntas y las respuestas. Todos los magistrados: el secretario, los abogados e incluso el fiscal expresaron su extrañeza.

Los acusados permanecían impasibles, por lo visto sin comprender el significado de aquellas respuestas. Todos volvieron a sentarse, y el presidente del Tribunal preguntó al sustituto del fiscal qué castigo consideraba que iban a imponer a los acusados.


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