Resurrección

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—Verá usted, la situación de Máslova sólo tenía dos salidas —dijo queriendo ser, por lo visto, lo más simpático y cortés con Nejliúdov, mientras se arreglaba las patillas por encima del cuello del abrigo; cogiéndole ligeramente por el codo y llevándole hacia la salida, continuó—: ¿Sale usted también?

—Sí —dijo Nejliúdov, poniéndose rápidamente el abrigo y saliendo con él.

Brillaba un sol cálido y alegre; enseguida tuvieron que hablar más alto a causa del ruido de los carruajes que rodaban por la calzada.

—La situación, haga usted el favor de darse cuenta, es bastante rara —continuó el presidente, elevando la voz—. Máslova no tenía más que dos soluciones: la absolución, imponiéndole unos meses de cárcel, de los que se descontaría el tiempo que había estado en prisión preventiva, o trabajos forzados; no había término medio. Si ustedes hubieran añadido las palabras: «Sin intención de causar la muerte», hubiera sido absuelta.

—Imperdonablemente no me he dado cuenta de eso —exclamó Nejliúdov.

—Ahí está la cosa —dijo sonriendo el presidente, y miró el reloj.

Quedaban solamente tres cuartos de hora para la cita que le había fijado Clara.


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