Resurrección

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Nejliúdov había ido a casa de los Korchaguin para distraerse. Siempre aquella casa le resultaba simpática; no sólo por aquel tono amplio de lujo que influía agradablemente sobre sus sentidos, sino también por aquella atmósfera de adulación que le envolvía imperceptiblemente. Pero ahora, cosa rara, le resultaba desagradable. Todo, empezando por el portero, la ancha escalera, las flores, los lacayos, los adornos de la mesa e incluso Missy, que le parecía sin atractivo y poco natural. Le resultaba antipático el tono liberal de suficiencia y vulgaridad de Kolosov; le desagradaba el cuerpo bovino, lleno de seguridad y sensualidad del viejo Korchaguin; las frases en francés de la eslavófila Katerina Alexéieva, los rostros intimidados de la institutriz y del preceptor. Sobre todo, le desagradaba el pronombre con que le hizo referencia. Nejliúdov había dudado siempre entre dos opiniones sobre Missy. Unas veces, como si la mirase con ojos entornados, la veía como bañada por la luz de la luna y todo resultaba encantador en ella: le parecía lozana, bonita, inteligente y natural; otras, la miraba como bajo una luz solar muy viva, y no podía dejar de ver sus muchas imperfecciones. Ahora se encontraba en esa última disposición de ánimo. Veía todas las arrugas de su rostro, el pelo rizado artificialmente, sus codos puntiagudos y, sobre todo, la ancha uña del pulgar, que le recordaba la de su padre.


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