Resurrección
Resurrección El apuesto Filip, musculoso y de hombros anchos, se inclinó ligeramente como para excusarse, y pisando suavemente sobre la alfombra con sus piernas fuertes de marcadas pantorrillas, con resignación y en silencio, pasó a la otra ventana. Mientras miraba a la princesa, se esforzaba en correr la cortina de tal forma que ni un solo rayo osase caer sobre ella. Pero tampoco acertó esta vez, y de nuevo la desdichada Sofía Vasílievna tuvo que interrumpir sus palabras acerca de la música y repetir al torpe y despiadado Filip que la estaba importunando. Los ojos de Filip fulguraron por una fracción de segundo.
«¡Que el diablo entienda qué es lo que quieres!», imaginó Nejliúdov que había pensado interiormente el lacayo, al observar todo este juego. Pero el apuesto y forzudo Filip ocultó inmediatamente su movimiento de impaciencia y se puso tranquilamente a realizar lo que le había ordenado la agotada, falsa y débil princesa Sofía Vasílievna.
—Está claro que hay una gran dosis de verdad en la teoría de Darwin —decía Kolosov, repantigado en el butacón bajito, mirando a la princesa Sofía Vasílievna con ojos somnolientos—, pero se pasa de la raya. Sí.
—Y usted ¿cree en la herencia? —preguntó la princesa Sofía Vasílievna a Nejliúdov, molesta por su silencio.