Resurrección

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—Permítame que no le diga por qué —le dijo, y se puso a buscar su sombrero.

—Pero ¿recuerda usted cómo aseguraba que es necesario decir siempre la verdad y cómo entonces nos dijo a todos nosotros verdades crueles? ¿Por qué no quiere decirlas ahora? ¿Te acuerdas, Missy? —le preguntó Katerina Alexéieva a Missy, que acababa de entrar.

—Porque aquello era un juego —respondió serio Nejliúdov—. En el juego puede decirse. Pero en realidad somos tan malos, es decir, soy tan malo, que yo por lo menos no puedo exteriorizar la verdad.

—No rectifique, más bien diga en qué es usted tan malo —dijo Katerina Alexéieva, jugando con las palabras y como sin darse cuenta de la seriedad de Nejliúdov.

—No hay nada peor que reconocer que uno se encuentra de mal humor —dijo Missy—. Yo nunca me lo confieso ni siquiera a mí misma, y por eso siempre estoy de buen humor. Bueno ¿quiere venir conmigo? Trataremos de disipar su mauvaise humeur.[21]

Nejliúdov experimentaba la misma sensación que debe sentir un caballo al que están acariciando mientras le ponen las bridas para llevarlo a enganchar. Y aquel día le resultaba más desagradable que nunca tirar del carro. Se disculpó diciendo que tenía que ir a su casa, y empezó a despedirse. Missy le retuvo la mano más tiempo que de costumbre.


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