Resurrección

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Con el deseo de recordar algo agradable, miró su retrato que había realizado un célebre pintor por cinco mil rublos. Aparecía con un vestido de terciopelo muy escotado. El artista se había esmerado sin duda en pintar el pecho —el espacio entre los dos senos—, los hombros y el cuello, de una belleza deslumbrante. Sí, aquello era totalmente vergonzoso y ruin. Había algo de blasfemo en aquel retrato de su madre, representada como una beldad semidesnuda, que en ese mismo salón, tres meses atrás, yacía delgada como una momia, con un olor denso y desagradable que llenaba no sólo la habitación, sino toda su casa. Aún le parecía percibir ese olor. Recordó cómo la víspera de su muerte le había cogido su fuerte y blanca mano con la suya descarnada y negruzca, le había mirado a los ojos diciéndole: «No me juzgues, Mitia, si he hecho lo que no debía», y sus ojos, descoloridos por el sufrimiento, se llenaron de lágrimas. «¡Qué asco!», se dijo otra vez, echando una mirada a aquella mujer medio desnuda, con magníficos hombros, brazos marmóreos y una sonrisa triunfante. El pecho desnudo del retrato le recordó a otra mujer que había visto hacía días escotada de la misma forma. Era Missy, que buscó un pretexto para llamarle a su casa por la noche y mostrarse con un traje de baile muy escotado. Recordó con repugnancia sus hombros y sus brazos magníficos. También al tosco y sensual del padre, con su pasado cruel, y a su madre con aquella dudosa reputación de su bel esprit.[25] Todo aquello era repugnante y al mismo tiempo vergonzoso. Vergonzoso y ruin, ruin y vergonzoso.


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