Resurrección
Resurrección «No, no —pensaba—, es preciso liberarse de todas esas falsas relaciones con los Korchaguin, con MarÃa VasÃlievna, acabar con el asunto de la herencia y todo lo demás… SÃ, poder respirar tranquilo. Marcharme al extranjero: a Roma, y ocuparme de mi cuadro… —recordó las dudas que tenÃa acerca de su talento pictórico—. Bueno, es lo mismo, el caso es respirar libremente. Primero iré a Constantinopla, después a Roma; lo importante es librarme de mis deberes de jurado. Y arreglar este asunto con los abogados.»
De pronto, se le representó, con extraordinaria claridad, la detenida de ojos negros y ligeramente bizcos. ¡Cómo habÃa llorado al oÃr la sentencia de los jurados! Rápidamente apagó el cigarrillo y lo aplastó contra el cenicero, encendió otro y se puso a andar de un extremo a otro de la habitación. Surgieron, uno tras otro en su imaginación, los momentos que habÃa vivido con ella. Le vino a la memoria su último encuentro, la pasión animal que le dominaba en aquel tiempo, y el desencanto que experimentó al poseerla. Recordó el vestido blanco y la cinta azul, y aquella misa de la aurora. «Pero si yo la amaba, la amaba con un amor puro y verdadero aquella noche. La amaba ya antes, cuando vivà por primera vez en casa de mis tÃas y escribà la tesis.» Y se la imaginó tal como era entonces. Sintió aquel hálito de lozanÃa, de juventud, de plenitud de vida, y le embargó una dolorosa tristeza.