Resurrección

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«Con tal de que pueda conseguir cigarrillos y fumar», pensó, y todas sus ideas se concentraron en el deseo de fumar. Tenía tantas ganas de hacerlo que aspiraba ávidamente el aire que salía de los despachos al pasillo, cuando en éste se notaba el olor del humo del tabaco. Pero tuvo que esperar todavía mucho tiempo, porque el secretario que tenía que dejarla marchar se olvidó de los procesados. Se puso a hablar e incluso a discutir acerca de un artículo prohibido con uno de los abogados. Varios hombres, jóvenes y maduros, entraban después del juicio a verla, y cuchicheaban algo entre ellos. Por fin, a las cinco, los soldados que la habían escoltado por la mañana se la llevaron del Palacio de Justicia, por la puerta trasera del edificio. Todavía en el zaguán, les entregó veinte cópecs pidiéndoles que le compraran dos panecillos y tabaco. Uno de ellos se echó a reír, cogió el dinero y dijo: «Está bien, te lo compraremos». Efectivamente, compró el tabaco y el pan y le devolvió honradamente las vueltas. Por el camino no se podía fumar, así que Máslova llegó a la prisión con el deseo insatisfecho. Cuando llegaban a las puertas, traían desde el ferrocarril unos cien hombres detenidos. En el vestíbulo se cruzó con ellos.




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