Resurrección

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Entre los detenidos había barbudos, afeitados, viejos, jóvenes, rusos, extranjeros; algunos con media cabeza afeitada, haciendo chirriar los grilletes de los pies, llenaban el vestíbulo de polvo, voces y un olor acre a sudor. Al pasar junto a Máslova todos la miraban con avidez y algunos —con la cara desfigurada por el deseo— se acercaban y se metían con ella.

—¡Ay, qué buena moza! —dijo uno.

—Jovencita ¡qué encanto! —dijo otro, guiñando un ojo.

Un presidiario moreno, con la nuca de color azulado, la cara y el bigote afeitados, enredándose en los grilletes y haciéndolos chirriar, se acercó a ella de un salto y la abrazó.

—¡Ay! ¿No recuerdas a tu amigo? ¿A qué vienen esos melindres? —gritó enseñando los dientes y echando chispas por los ojos, cuando Máslova le dio un empujón.

—¿Qué haces, canalla? —gritó, acercándose por detrás el ayudante del jefe de los carceleros.

El presidiario se encogió, apartándose rápidamente. El ayudante se encaró con Máslova.

—¿Por qué estás tú aquí?

Máslova quería decirle que la habían traído del Tribunal, pero estaba tan cansada que le daba pereza hablar.


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