Resurrección

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Máslova quiso contestar, pero no pudo. Sollozando, sacó del pan la cajetilla de cigarrillos —en la que había pintada una dama con un peinado muy alto, mejillas sonrosadas y gran escote en pico— y se la tendió a Korabliova. Ésta examinó el cromo, movió la cabeza como desaprobando que Máslova gastara tan mal el dinero, y sacando un cigarrillo lo encendió en la llama de la lámpara. Dio una chupada y se lo colocó a Máslova en los labios. Entre sollozos, se puso a fumar con avidez, tragándose una y otra vez el humo y echándolo.

—Trabajos forzados —dijo, ahogando un sollozo.

—No temen a Dios. ¡Explotadores, sanguinarios, malditos! —pronunció Korabliova—. Han condenado a una muchacha inocente.

En aquel momento, entre las mujeres que se habían quedado junto a las ventanas, resonó una carcajada general. La niña se echó a reír y su risa infantil aguda se mezcló con las roncas y chillonas de las otras tres mujeres. Un preso, desde el patio, dijo algo que había provocado aquel efecto en las mujeres que miraban por la ventana.

—¡Ay, qué perro esquilado! ¡Fijaos lo que hace! —dijo una mujer pelirroja y moviendo todo su cuerpo, con la cara pegada a la reja, gritó sin motivo una palabra soez.


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