Resurrección

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Pero tardó mucho en restablecerse el silencio. Las mujeres discutieron durante largo rato, se contaban unas a otras cómo había empezado la cosa y quién tenía la culpa. Por fin, se marcharon el vigilante y la carcelera, las mujeres empezaron a callarse y a acostarse. La vieja se colocó ante el icono y se puso a rezar.

—Se han juntado dos presidiarias —dijo de pronto la pelirroja con voz ronca desde el otro extremo de los catres, acompañando cada palabra con terribles palabrotas.

—Ten cuidado, que todavía me las vas a pagar —contestó inmediatamente Korabliova, acompañándose también de palabrotas. Y ambas guardaron silencio.

—Si no me llegan a sujetar, te saco un ojo —empezó a hablar otra vez la pelirroja, y de nuevo sin hacerse esperar contestó por el estilo Korabliova.

Todas estaban acostadas, algunas roncaban, sólo la viejecita —que siempre solía rezar durante largo rato— seguía haciendo reverencias ante el icono, y la hija del diácono, tan pronto como se marchó la carcelera, se levantó y empezó a pasear de arriba abajo.

—No lo hubiese adivinado nunca —murmuró Máslova—. Hay que ver lo que hacen otras y no les pasa nada, y yo tengo que sufrir sin haber hecho nada.

—No te aflijas, chica. También la gente vive en Siberia. Tú saldrás adelante —la tranquilizó Korabliova.


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