Resurrección
Resurrección El asunto que se juzgaba aquel día era un robo con fractura. El acusado, escoltado por dos guardias con sables desenvainados, era un muchacho de veinte años, delgado, estrecho de hombros, de rostro anémico y terroso, con un guardapolvo gris. Permanecía sentado solo en el banquillo de los acusados y miraba de reojo a los que entraban. Al chico le acusaban de haber forzado la puerta de una cochera, rompiendo el candado, junto con otro compañero, y haber robado unas esteras viejas, valoradas en tres rublos y sesenta y siete céntimos. Del acta de acusación se desprendía que un guardia le había sorprendido cuando iba con su compañero, llevando al hombro las esteras. Ambos muchachos se declararon inmediatamente culpables, y fueron conducidos a la cárcel. El compañero, cerrajero de oficio, murió en la cárcel, y el muchacho comparecía solo ante los jueces. Las viejas esteras permanecían en la mesa, como pruebas de convicción.
El proceso seguía el mismo curso que la víspera, con profusión de demostraciones, pruebas, testigos, juramentos, interrogatorios, peritos y preguntas cruzadas. El guardia que actuaba como testigo, a las preguntas del presidente, del fiscal y del defensor, respondía de forma apagada: «Así es, exactamente», «No puedo saberlo» y otra vez «Así es, exactamente»… Pero a pesar de su expresión maquinal de disciplina, se veía que le daba pena el muchacho, y declaraba de mala gana sobre su captura.