Resurrección
Resurrección Otro testigo, un viejecito, dueño de la casa donde se había efectuado el robo, sin duda un hombre bilioso, cuando le preguntaron si reconocía como suyas las esteras, las reconoció de muy mala gana. Cuando el sustituto del fiscal se puso a preguntarle sobre el uso a que destinaba las esteras y si le eran muy necesarias, se enfadó y respondió:
—¡Que se pierdan de una vez esas esteras! No me hacen ninguna falta. Si llego a saber que iba a tener tantas molestias hubiera pagado encima un rublo, incluso dos, con tal de no tener que venir a declarar. Me he gastado cinco rublos en coches. Estoy enfermo. Padezco de hernia y de reumatismo.
Así hablaron los testigos. El acusado lo confesó todo y, como una fiera acosada, miraba sin expresión a su alrededor, y se le quebraba la voz al decir cómo ocurrieron las cosas.
El asunto estaba claro, pero el sustituto del fiscal —lo mismo que la víspera—, alzando los hombros hacía preguntas sutiles para vencer la astucia del criminal.
En su discurso, demostró que el robo cometido en lugar habitado era con fractura, y que por tanto al muchacho había que condenarlo a sufrir la pena más severa.