Resurrección
Resurrección Era una noche oscura de otoño, llovía y soplaba el viento. Tan pronto caía la lluvia en gotas gruesas y tibias como cesaba. En el campo, bajo los pies, no se distinguía el sendero y el bosque estaba tan oscuro como una boca de lobo. Aunque Katiusha conocía bien el camino, se desvió en el bosque. Llegó a la estación —donde el tren se detenía tres minutos— no con tiempo, como pensaba, sino después de sonar por segunda vez la campanilla. Al entrar corriendo en el andén, Katiusha vio enseguida por la ventanilla de un vagón de primera clase a Nejliúdov. El vagón estaba muy iluminado. Dos oficiales en mangas de camisa, sentados uno frente a otro, sobre asientos tapizados de terciopelo, jugaban a las cartas. En la mesita, junto a la ventanilla, ardían unas velas gruesas que se derretían. Él estaba sentado en el brazo de un asiento y apoyado en el respaldo, llevaba pantalón ceñido y camisa blanca, y reía a carcajadas. Tan pronto como le reconoció, golpeó la ventanilla con la mano aterida. Pero en ese mismo instante sonó por tercera vez la campana y el tren se movió lentamente, primero hacia atrás, y luego uno tras otro los vagones empezaron a pasar hacia adelante, a pequeños empujones. Uno de los jugadores se levantó y, con las cartas en la mano, se puso a mirar por la ventanilla. El oficial quería bajar la ventanilla, pero no lo consiguió. Nejliúdov se levantó, apartó al oficial y se puso a bajarla. El tren aumentó la marcha. Ella iba deprisa, sin rezagarse, pero el tren aumentaba la velocidad, y en el preciso momento en que se abrió la ventanilla, el revisor la empujó y subió de un salto al vagón. Katiusha, aunque quedó rezagada, siguió corriendo por las tablas mojadas del andén; después se terminó el andén y con un esfuerzo pudo sujetarse para no caer por las escalerillas al suelo. Seguía corriendo, pero el vagón de primera ya estaba lejos. A su lado pasaban los vagones de segunda clase y luego, más rápidamente, el de tercera, pero seguía corriendo. Cuando pasó el último vagón con el farol en la parte trasera, Katiusha estaba en el lugar donde se hallaban los depósitos de agua, a la intemperie. La azotó una ráfaga de viento y le arrancó el pañuelo de la cabeza, ciñéndole un lado del vestido a las piernas. Aunque el viento le había arrebatado el pañuelo, seguía corriendo.