Resurrección
Resurrección La tÃa de Katiusha tenÃa un pequeño establecimiento de lavado y planchado, con lo que sacaba adelante la casa y mantenÃa al inútil marido. La tÃa ofreció a Máslova un puesto de lavandera. Pero viendo la penosa vida que llevaban las mujeres lavanderas, Máslova no se decidió y empezó a buscar colocación de criada por medio de agencias. Encontró trabajo en casa de una señora que vivÃa con sus dos hijos, estudiantes de instituto. Una semana después de entrar en la casa, el mayor —un muchacho al que apenas le apuntaba el bigote y cursaba sexto de bachillerato— abandonó los estudios y no dejaba en paz a Máslova, cortejándola con insistencia. La madre culpó de todo a la muchacha, y la despidió. No encontró un nuevo trabajo. Pero ocurrió que al llegar a la agencia de colocación de criadas, Máslova se encontró allà a una señora que llevaba muchas sortijas y pulseras sobre los brazos rollizos y desnudos. La señora, enterada de su situación y de que buscaba empleo, la invitó a su casa. Máslova fue. La señora la recibió cariñosamente, la invitó a pastelillos y vino dulce, y mandó a la doncella con una notita a casa de alguien. Por la noche entró en la habitación un hombre alto, de largos cabellos entrecanos y barba gris. El viejo se sentó inmediatamente junto a Máslova y, con los ojos brillantes y una sonrisa en los labios, empezó a mirarla y a gastarle bromas. La dueña de la casa le llamó a otra habitación, y Máslova oyó que le decÃa: «Es una muchacha lozana, una auténtica campesina». Luego, la dueña llamó a Máslova, le dijo que era un escritor, que tenÃa mucho dinero y no escatimarÃa nada si ella le agradaba. La chica le gustó. El escritor le dio veinticinco rublos y le prometió visitarla con frecuencia. El dinero se gastó rápidamente: pagó a su tÃa por el tiempo que habÃa vivido en su casa, se compró un vestido nuevo, un sombrerito y cintas. Al cabo de unos dÃas, el escritor la mandó buscar. Katiusha fue. Le dio otros veinticinco rublos y le ofreció instalarla en un piso.