Resurrección
Resurrección Viviendo en el piso alquilado por el escritor, Máslova se enamoró de un simpático dependiente que vivía en la misma casa. Ella misma se lo contó al escritor, y se mudó a un piso más pequeño. El dependiente, que había prometido casarse con ella, la abandonó y se marchó un día a Nizhni Nóvgorod sin darle ninguna explicación, y Máslova quedó sola. Pensaba seguir viviendo en aquel piso, pero no se lo autorizaron. Un policía le advirtió que para llevar esa vida tenía que obtener una tarjeta amarilla y someterse a reconocimiento médico. Entonces volvió otra vez a casa de su tía. Ésta, al ver que llevaba un vestido moderno, una capa y un sombrero, la recibió con respeto y ya no se atrevió a ofrecerle el puesto de lavandera, al pensar que se había colocado en un nivel más alto de vida. Máslova tampoco dudaba ya si debía o no convertirse en lavandera. Miraba compasivamente el duro trabajo que realizaban las lavanderas. Eran mujeres, pálidas, de brazos delgados; algunas de ellas estaban tuberculosas, porque lavaban y planchaban en una atmósfera de treinta grados de calor, llena de vaho, en habitaciones interiores cuyas ventanas permanecían abiertas en verano e invierno, y le aterraba la idea de verse metida en un trabajo tan horrible.
Y precisamente en esa época, la más desastrosa para Máslova ya que no encontraba ningún protector, vino a buscarla una celestina, que proporcionaba muchachas a un prostíbulo.