Resurrección

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Mientras Nejliúdov hablaba con el estudiante, las grandes puertas de la prisión —con una mirilla en el centro— se abrieron. Salió un oficial de uniforme, acompañado de otro carcelero, y el carcelero del librito anunció a los visitantes que empezaban las visitas. El centinela se apartó, y todos los visitantes —como temiendo llegar tarde— con pasos apresurados, algunos corriendo, se lanzaron a la puerta de la prisión. En la entrada permanecía un carcelero, y según pasaban delante de él, los contaba y decía en voz alta: «Dieciséis, diecisiete», etc. Otro carcelero, dentro del edificio, tocando a cada uno con la mano, contaba también a los que pasaban la puerta siguiente, con objeto de comprobar a la salida si alguno se había quedado en la prisión y no dejar salir a ningún recluso. El que iba contando, sin fijarse en quien pasaba, dio una palmada a la espalda de Nejliúdov, y el contacto de la mano del carcelero en el primer momento ofendió a Nejliúdov, pero inmediatamente recordó para qué había venido, y se avergonzó de ese sentimiento de descontento y ofensa.

La primera habitación después de las puertas estaba abovedada y con pequeñas ventanas enrejadas. En aquella sala, llamada de selección, Nejliúdov descubrió inesperadamente en una hornacina un gran crucifijo.

«¿Para qué lo tendrán aquí?», pensó, uniendo involuntariamente en su imaginación a Cristo con los libertados y no con los reclusos.


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