Resurrección

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«Sí, hago lo que debo, me estoy confesando», pensó Nejliúdov. Y tan pronto como pensó esto los ojos se le llenaron de lágrimas, se le hizo un nudo en la garganta, y apretando la reja entre los dedos guardó silencio para no estallar en sollozos.

—¡Te pregunto por qué te metes donde no te llaman! —gritaban a un lado.

—¡Te juro por Dios que no sé nada! —chillaba una reclusa del otro lado.

Al ver su excitación, Máslova le reconoció.

—¡Se parece, pero no le reconozco! —gritó, sin mirarle. Y su rostro encendido se volvió de pronto más sombrío.

—He venido para pedirte que me perdones —gritó Nejliúdov con voz alta y opaca, como si recitara una lección aprendida.

Después de gritar estas palabras le dio vergüenza, y miró alrededor suyo. Pero enseguida pensó que si le daba vergüenza tanto mejor, porque aquello era parte de su expiación.

—¡Perdóname! Soy muy culpable ante ti… —gritó todavía.

Permanecía inmóvil, sin apartar de él su mirada bizca.

Nejliúdov no podía seguir hablando y se apartó de la reja, conteniendo con gran esfuerzo los sollozos que sacudían su pecho.


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