Resurrección
Resurrección El vigilante que había introducido a Nejliúdov en el locutorio de mujeres, interesado por él, sin duda, volvió, y al ver que Nejliúdov no estaba junto a la reja, le preguntó por qué no hablaba con la reclusa por la que preguntó. Nejliúdov se sonó, trató de aparentar un aspecto tranquilo, y contestó:
—No puedo hablar a través de las rejas, no se oye nada.
El vigilante se quedó pensativo.
—Bueno, se la puede sacar de aquí un ratito —dijo—. ¡María Kárlovna! —se dirigió a la carcelera—. Saque fuera a Máslova.
Al cabo de un minuto salió Máslova por la puerta lateral. Acercándose con pasos suaves a Nejliúdov, se detuvo y le miró de reojo. El cabello negro, lo mismo que hace tres días, asomaba por el pañuelo en ricitos, su cara enferma, abotargada y pálida, era agradable y serena. Sólo sus ojos negros y bizcos, bajo los párpados hinchados, brillaban de un modo especial.
—Pueden hablar aquí —dijo el vigilante, y se alejó.
Nejliúdov se acercó a un banco que había junto a la pared.
Máslova miró interrogativamente al carcelero, y después —como con extrañeza— se encogió de hombros y siguió a Nejliúdov hasta el banco, se sentó junto a él y se arregló la falda.