Resurrección
Resurrección «No merece la pena cambiar de forma de vida ahora, cuando el asunto de Máslova no está todavÃa resuelto —pensaba Nejliúdov—. Además es demasiado difÃcil. De todas formas, todo cambiará cuando la pongan en libertad o la destierren, en cuyo caso la seguiré.»
Nejliúdov fue a casa del abogado Fanarin el dÃa fijado. Al entrar en el magnÃfico piso de la casa de su propiedad, adornado con enormes plantas, cortinas suntuosas y magnÃficos muebles, una de esas casas que atestiguan que sus propietarios obtienen mucho dinero sin esfuerzo, o que se han enriquecido pronto, encontró en el recibimiento una serie de personas que —lo mismo que en las salas de espera de los médicos— esperaban tristemente junto a las mesas con revistas para que les sirvieran de distracción. El pasante del abogado, instalado allà mismo, junto a un alto pupitre, al reconocer a Nejliúdov, se le acercó, le saludó y le dijo que enseguida le anunciarÃa a su jefe. Pero no le dio tiempo de acercarse a la puerta del despacho, cuando ésta se abrió y se oyeron altas y animadas voces del propio Fanarin y de un hombre de edad, rechoncho, con las mejillas encendidas, bigote espeso y con un traje completamente nuevo. En ambos rostros se reflejaba aquella expresión que suele aparecer en los hombres cuando acaban de ultimar un asunto ventajoso, pero no del todo limpio.
—Usted mismo tiene la culpa, padrecito —decÃa Fanarin, sonriendo.