Resurrección
Resurrección —Me gustaría ir al cielo, pero me lo impiden mis pecados.
—Bueno, bueno, ya lo sabemos.
Y ambos se rieron con afectación.
—¡Ah, príncipe! Haga el favor —dijo Fanarin al ver a Nejliúdov y, saludando con la cabeza al comerciante que se alejaba, introdujo a Nejliúdov en su despacho de estilo austero—. ¿Quiere fumar? —dijo el abogado sentándose frente a Nejliúdov y conteniendo la sonrisa provocada por el éxito recién logrado.
—Gracias. Vengo por el asunto de Máslova.
—Sí, sí, veamos. ¡Pero qué canallas son estos ricachones! —dijo—. ¿Se ha fijado en ese tipo? Tiene un capital de doce millones. Y dice estar a pique. Pero si le puede sacar a usted un billete de veinticinco rublos, se lo arranca con los dientes.
«Él dice que está “a pique” y tú dices “veinticinco rublos”», pensó Nejliúdov, sintiendo una repulsión invencible hacia aquel hombre desenvuelto que con su tono quería demostrar que era de la misma clase que Nejliúdov, y nada tenía que ver con el último visitante ni con los que esperaban fuera, los cuales pertenecían a una clase distinta.