Resurrección
Resurrección Los calabozos eran una fila de celdas oscuras que tenían los cerrojos por fuera. En los calabozos, oscuros y fríos, no había catres, mesas, ni sillas, de forma que el recluso permanecía sentado o acostado en el suelo sucio, donde las ratas corrían por encima de él. Había muchas en los calabozos y eran tan atrevidas que resultaba imposible esconder de ellas el pan, quitándoselo, incluso, de la mano a los reclusos, y si éstos dejaban de moverse los atacaban. Vasíliev dijo que no iría al calabozo, porque no era culpable. Lo llevaron a la fuerza. Empezó a resistirse y dos reclusos le ayudaron a soltarse de los guardianes. Se reunieron los vigilantes y, por cierto, entre ellos Petrov, famoso por su fuerza. Redujeron a los reclusos y los metieron en los calabozos. Inmediatamente se dio parte al gobernador, diciéndole que se había producido un conato de sublevación. Se recibió una orden en la que se notificaba que a los dos culpables principales —Vasíliev y el vagabundo Nepomniaschi— se les daría treinta latigazos.
El castigo debía llevarse a cabo en el locutorio de mujeres.
Desde la noche anterior se enteraron todos los de la prisión, y en las salas se hablaba con inquietud sobre el castigo que se avecinaba.