Resurrección
Resurrección El sargento le indicó con los ojos a Nejliúdov. Petrov guardó silencio, frunció el ceño y pasó a la puerta trasera.
«¿Quién se va a acordar? ¿Por qué están todos tan turbados? ¿Por qué el sargento le ha hecho esa seña?», pensó Nejliúdov.
—Aquà no se puede esperar, tenga la bondad de ir a la oficina —de nuevo se encaró el sargento con Nejliúdov. Éste ya querÃa marcharse cuando por la puerta trasera salió el director, más confuso todavÃa que sus subordinados. No cesaba de suspirar. Al ver a Nejliúdov, le dijo al carcelero:
—Fedótov, lleve a Máslova, de la quinta sala, a la oficina. Haga el favor de pasar por aquà —exclamó volviéndose a Nejliúdov.
Subieron por una empinada escalera y entraron en una pequeña habitación con una ventana, una mesa de escritorio y unas cuantas sillas. El director tomó asiento.
—Son penosas, penosas estas obligaciones —dijo mirando a Nejliúdov, mientras sacaba un cigarrillo.
—Por lo que se ve, está usted cansado —comentó Nejliúdov.
—SÃ, estoy cansado de mi cargo, son muy penosas mis obligaciones. Quiero aliviarles la suerte y sólo consigo empeorarlo. No hago más que pensar en la forma de marcharme de aquÃ. Son penosas, muy penosas mis obligaciones.