Resurrección
Resurrección Salió al zaguán, donde encontró a un compañero que había escuchado la conversación. Sin contestar a las bromas de sus amigos, sacó dinero del maletín y se lo llevó.
—Por favor, por favor, no me lo agradezca. Soy yo quien tiene que darle las gracias.
A Nejliúdov le agradaba recordarlo ahora. Evocó, igualmente, cómo estuvo a punto de pegarse con un oficial que pretendió tomarlo a broma, y cómo otro camarada se había puesto de su parte y en consecuencia estrecharon aún más su amistad. Recordó lo feliz y alegre que había sido la cacería, y lo bien que se encontraba cuando regresaban por la noche hacia la estación del ferrocarril. La hilera de trineos de dos en dos, se deslizaba silenciosamente al trote por el estrecho camino del bosque entre abetos, aplastados por una gruesa capa de nieve. En la oscuridad alguien encendía un cigarrillo oloroso, que brillaba con un fuego rojo. Osip, el montero, pasaba de un trineo a otro, hundiéndose hasta las rodillas en la nieve, y se instaba para contarles a los cazadores historias sobre los ciervos que caminaban por la espesa nieve y comían las cortezas de los álamos, y sobre los osos que permanecían ahora en sus guaridas sombrías, resoplando en un ambiente caldeado por su respiración.