Resurrección

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Máslennikov resplandeció al ver a Nejliúdov. Tenía la misma cara grasienta y colorada, la misma corpulencia y la ropa tan estupenda como en el regimiento; siempre impecable, con el uniforme de última moda que le moldeaba los hombros y el pecho, ya se tratara del uniforme o de la guerrera de paseo. Ahora llevaba un traje de paisano de última moda, que se ajustaba perfectamente a su cuerpo bien alimentado y que hacía destacar su ancho pecho. Vestía el uniforme de los empleados públicos. A pesar de la diferencia de edad —Máslennikov tenía alrededor de los cuarenta— se tuteaban.

—Muy bien. Gracias por haber venido. Vamos a ver a mi mujer. Precisamente tengo diez minutos libres antes de que empiece la sesión. El jefe está fuera. Soy yo quien gobierna la provincia —dijo con una satisfacción que no podía ocultar.

—He venido a verte para un asunto.

—¿De qué se trata? —dijo de pronto, como poniéndose en guardia, asustado y con voz un tanto severa.

—En la prisión hay una persona por la que me intereso mucho —ante la palabra prisión el rostro de Máslennikov adquirió un aspecto más severo aún—, y quisiera tener una conversación con ella no en el locutorio, sino en la oficina y no sólo en los días señalados, sino con más frecuencia. Me han dicho que eso depende de ti.


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